Ser madre y gerente: Una historia de conciliación

Tengo tantas ideas en la cabeza que espero ser capaz de exponerlas con cierto orden. Cuando me plantearon escribir esto me advirtieron de que enfrentarse a unas hojas en blanco podía ser complicado… ¡Lo complicado va a ser ceñirme a sólo 800 palabras!

Todo empezó en febrero de 2008. Volvía de mi primera baja maternal, después del nacimiento de mi primera hija. Volvía también de otra empresa que se integraba en la mía actual, de trabajar 12 horas al día y estar on-line 24×7. De hacer la compra en el chino o en la tienda de la gasolinera, porque muchos días cuando volvía ya estaba el súper cerrado…

Cuando me quedé embarazada lo primero que le dije a mi jefe tras darle la noticia fue: “Pero no me voy a coger reducción de jornada”. A lo que me respondió: “Ya me lo dirás cuando tengas a tu bebé”. ¡Y cuánta razón tenía! Cuando dejas a tu bebé en casa y vuelves a trabajar sólo puedes pensar en cuándo volverás a verle.

Y decidí solicitar la reducción de jornada. Yo, que pensaba que eso era para las que no tenían ambición ni retos profesionales, para las que no tenían trabajos de responsabilidad… Yo, que siempre afirmaba que las conversaciones más trascendentales y las reuniones más importantes ocurren a partir de las ocho de la tarde…

Pues sí, cuando tienes un bebé de repente todo cambia. En tu vida personal y en tu trabajo. Y aquí depende mucho de si estás en la empresa adecuada para no morir en el intento. Afortunadamente en mi caso tuve suerte, además de un marido maravilloso que jamás me presionó en ningún sentido. La decisión fue mía, y sólo mía.

Pero no todo fue un camino de rosas… No todo el mundo se “alegra” de tu nuevo horario. Tuve que enfrentarme a malas contestaciones (“imposible fijar la reunión por la mañana en el próximo mes y medio…”) y otras que, sin serlo tanto, encerraban realmente mucha más maldad: “como no estabas, me hice yo cargo de este asunto…” ¡¡¡¿¿¿Quéeeee???!!! ¡Pero si no me despego del móvil en toda la tarde!

Y ahí llega, por primera vez, esa sensación de querer llegar a todo y no llegar a nada. De querer ser la mejor madre y la mejor profesional. Sí, la CULPA. Y resulta que hasta tiene un nombre: “el síndrome de la madre trabajadora”.

Porque sí, todas queremos ser una “superwoman”. Porque haberlas, “haylas”. Y cómo no voy yo a ser una de ellas. Lo que nadie me había contado nunca es que fuera a estar tan cansada todo el día… Cansancio físico y mental.

Y ahí estaba yo inmersa en todo esto cuando decidimos liarnos la manta a la cabeza y tener otro hijo… Así que ahora sería una madre trabajadora… embarazada.

Y nació mi segunda hija. Unos meses después de volver de mi baja me fui a trabajar a otro departamento. Me preocupaba cómo contarle a mi futuro jefe que tenía una jornada reducida. Pues nada, a él no le preocupaba en absoluto.

Y llegó mi tercer hijo y volví a cambiar de jefe. Y ningún problema con mi jornada. Lo cuento todo muy deprisa, pero han pasado más de 7 años…

¿Por qué mi jornada no ha sido nunca un problema? Lo primero, por mi empresa. Hay que reconocer que aquí se concilia. El segundo motivo se resume en una palabra: Flexibilidad. Al principio empecé con un horario de 8h a 15h. Luego vi que era necesario alargarlo un poco y partí mi jornada, saliendo así a las 16:30. Y hay tardes que necesitan que me quede más tiempo, y me quedo. Y he tenido picos de trabajo que han requerido mi presencia hasta horas que ni con jornada completa estaría en la oficina… Afortunadamente son excepciones, y, también afortunadamente, en mi vida personal he podido organizarme de tal forma que puedo dar a la empresa la flexibilidad que mi puesto requiere. La flexibilidad que también mi empresa me da a mí.

Para mí siempre ha sido muy importante que mi jefe y mis compañeros supieran que podían contar conmigo cuando yo no estaba en la oficina. Siempre me he ocupado de hacer saber a la gente que si me llaman o me escriben por las tardes, siempre estoy ahí.

Y no voy a engañaros. Es cierto que a veces me pregunto si mi vida profesional habría sido distinta de haber estado más horas trabajando en la oficina. Y que a veces me da miedo que no cuenten conmigo. Pero también sé que estos años los he disfrutado como no hubiera podido disfrutarlos sin tener las tardes disponibles para pasarlas con mis hijos.

Pero es un camino que hay que recorrer. Hay que aprender a decir que no, a priorizar, a organizarse. Me siento bien conmigo misma y pienso que he logrado un equilibrio casi perfecto en mi vida.

Y ya me he pasado de las 800 palabras…

María Merino. Orange

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